domingo, 4 de octubre de 2015

LA MENDIGA ELEGANTE

Hoy me pasó algo asombroso. Fui al teatro y me encontré con una mendiga. Cumplía todos los requisitos para serlo: estaba delgada, vestía ropa vieja y un abrigo lleno de polvo con un mendrugo de pan en su bolsillo.
Se calentaba las manos con un pequeño tazón del que salía fuego y tenía a una estatua como único compañero. Sí, una estatua.
Luego, me di cuenta de que más que una mendiga, la chica parecía un mimo.
Su rostro estaba plagado de movimiento. La sonrisa se torcía en una mueca triste, luego de frío, de abatimiento y de alegría nuevamente.
De repente, la mendiga-mimo se deshace de su abrigo con total delicadeza, lo deja en el suelo y se acerca a unas vallas blancas, a contemplar la ciudad que a sus ojos se muestra esplendorosa.
Lo cierto, es que delante de su mirada apenas hay unas cuarenta personas. Aquellas que se han atrevido a acudir a una obra cuyo título,"Refugiada poética", no se refería a nada convencional y, por eso, han decidido perder o ganar el tiempo de una tarde lluviosa de domingo en esa obra que esperan, no les decepcione.
La mendiga sigue apoyada en la valla, contemplando el horizonte. De repente, pega un salto, y se incorpora sobre la valla con un leve movimiento que hace que parezca fácil.
La mendiga-mimo se ha convertido en bailarina.
Una música, de piano, acordeón y armónica dice a los espectadores que la cuidad donde vive o, mejor dicho, sobrevive, esta mendiga debe de ser París o, si no al menos, una ciudad del país galo.
Empujada por la melodía, la mendiga se balancea sobre la valla, sube y baja, se contorsiona, se para y sonríe y muestra con su mirada que está soñando.

De repente, la mendiga gira la valla hasta ponerla vertical, convirtiéndola en un rascacielos sobre el que comparte con los pájaros el mendrugo de pan que lleva en su bolsillo.
Pero no solo eso, la mendiga comparte el pan con el público y, en especial, con una chica de la que quiere hacerse amiga.
La elegida del público, tiene entonces la oportunidad de formar parte de la vida de esta mendiga, que baila sobre los rascacielos.
A esta chica del público le regalará la sin techo su abrigo y, con otro elegido, esta vez barón, dará un paseo en barco por el Sena, eso si, en un barco hecho con un balancín y mucha imaginación.
Esta mendiga es Claire Ducreux, bailarina de danza contemporánea.
Gracias a su puesta en escena, los lamentablemente pocos privilegiados que hemos podido verla actuar, somos ahora un poco más humanos. 
Es curioso, como hoy, ver un indigente durmiendo entre cartones nos produce la misma sensación que un chicle pegado en la acera. 
Sin embargo, ver a una mendiga, aún sabiendo que no lo es, levitando sobre una valla al ritmo de una música de piano que además da todo lo que tiene a cambio de nada, hace que se nos renueva el corazón y las lágrimas acudan a nuestros ojos.
Por ello, gracias. Son espectáculos como este los que, al menos, se deberían ver una vez en la vida. 
"Refugiada poética" es, ante todo, una oda al drama que sufren millones de personas en el mundo: no tener nada, ni siquiera un techo bajo el que cobijarse. Pero es también una historia plagada de romanticismo y elegancia que hace reír y llorar al mismo tiempo. 
Es además una lección de humanidad y una terapia con la que aprender a soñar y a mirar el mundo con otros ojos.
Ojos que ven en una estatua pero que imaginan a un hombre con bufanda que echará a andar en cualquier instante.
Ojos que sienten el frío y la tormenta que se cierne sobre la mendiga y cuyo temporal se limita al escenario.
Ojos que son enseñados a compartir todo lo que tienen con el prójimo.
Ojos que verán que una valla no servirá nunca más para limitar el espacio, sino para hacerlo infinito en nuestra imaginación.