Pues de esas historias tan reales, esos cuentos de abuelos pesados, de esas "batallitas" se sirve el director Fernando González Molina para trasladar a la gran pantalla otra historia que bien podría haberle ocurrido a cualquiera de nuestros abuelos.
Una adaptación cinematográfica de un libro siempre conlleva algunos riesgos, pues la imagen que uno se hace en la mente de los personajes y el entorno supera a cualquier gran producción. Sin embargo, en 'Palmeras en la nieve' se nota, y mucho, el sello de Warner. Los paisajes que trasladan al espectador de las palmeras de Guinea Ecuatorial de los 50 a las frías montañas nevadas de Huesca y viceversa junto con los planos generales que para ello se utilizan son excepcionales. Grandes panorámicas holliwoodienses y una banda sonora de las que llenan la sala y te ponen los vellos de punta cuando se alza al primer plano otorgan al film una estética de peliculòn, pero es que además lo es.
Y lo menos esperado es que la historia de amor que vende la película en el trailer no es lo más importante.
Las relaciones entre los señores, los 'Massa' españoles y los trabajadores guineanos, algunas cordiales y otras inhumanas son lo que hace que de verdad el espectador reflexione y se de cuenta de lo que hemos cambiado aunque, a veces, retrocedamos por desgracia a una autodestrucción sin sentido.
'Palmeras en la nieve' es un ejemplo de conducta personificado en el personaje de Adriana Ugarte, quien vuelve a dotar de elegancia a la pantalla.
Clarence es una chica que, al morir su padre, dedice revolver en el pasado para explicarse el porqué de unas cartas que encuentra escritas por su tío a una señora a la que le manda dinero rigurosamente.
La curiosidad es un don excepcional y aunque entrañe peligro, siempre hay que seguir ese pálpito que se siente en el pecho. Por eso, Clarence encontrará en el pasado de su familia una historia tremenda que se unirá con su presente, aunque ella no lo sepa hasta casi el final.
En continuas idas y venidas a la actualidad y a los tiempos del franquismo, el director va construyendo la película deconstruyendo a su vez la novela de Luz Gabás en que está basada. En la Guinea de los 50 encontramos a un chico aragonés tímido, a veces demasiado, que vuelve al lugar al que nació para trabajar en una plantación de cacao junto a su padre y a su hermano.
Mario Casas es Kilian, el joven al que todo le fascina en la republicana africana. Es verdad que es difícil imaginarse a Casas fuera de las motos y las chaquetas de cuero y que la voz no le acompaña demasiado para el papel de chico bueno, pero se agradece que por fin cambie de registro y demuestre al público que su faceta como actor no acaba en el tipo duro rompecorazones, sino que también deja que se lo rompan a él.
Su pareja, Bisila, en la ficción y además en la vida real, es Berta Vázquez, una ucraniana de origen etíope que se estrena por primera vez en la gran pantalla.
Todo un descubrimiento. Así se puede definir a esta actriz que hace llorar al espectador, que sabe cómo trasladar sus desgracias al que está sentado en la butaca, para ello basta con una mirada muy profunda.
En definitiva, 'Palmeras en la nieve' son dos enormes historias entrelazadas, un cliché de amor imposible pero en segundo plano, envuelto en una lección de historia sobre la independencia de Guinea Ecuatorial antes y después de ser colonia española.
Una historia de mentira que el espectador desea que sea verdad, la de amor. Otra, trágicamente cierta que el público desea que no hubiera ocurrido nunca, la de la violencia, el rencor y el odio, primero, de los españoles que se ven poderosos hacia los trabajadores de color, después, de los guineanos hartos de tanta represión hacia los españoles derrotados, tan malos unos como otros.
El final, cargado de símbolos de los que hay que estar muy pendiente para entender la historia y vivirla al máximo. Además de para entender un título que se construye con una metáfora y que explica muy bien una frase dicha por el personaje de Clarence en un momento de la cinta.
Una frase que es como una llave para la mente del espectador, que se da cuenta, o debe hacerlo, de que, queriendo arreglar el futuro, estamos olvidando nuestro pasado. Con ello, solo consiguiremos volver a cometer los mismos errores.
No debemos callar a nuestros mayores, sino dejarles hablar y que nos cuenten miles de historias, aunque se repitan al hacerlo. Historias de amor y desamor que no son nada más que vidas, que es lo único que les queda y que, tal vez será algo que nos quede también a nosotros, a sus descendientes. Debemos aprender que todo lo vivido por generaciones antiguas, lo bueno y lo malo nos ayudará a avanzar y a aprender. Buscar en el pasado no siempre es malo y dejar las cosas como están no tiene porque ser bueno. A veces, descifrar el pasado es fundamental para entender porque estamos donde estamos y de qué depende nuestro futuro. Escuchemos el pasado, a nuestros mayores no les queda mucho tiempo para contar historias. Debemos aprovecharlo.
En esta época en la que estamos el ser humano está perdiendo su humanidad y haciéndose cada vez más egoísta. Hay que cambiar y ver esta película es un buen comienzo. De seguir así, ocurrirá lo que Clarence vaticina en esta frase que se descifra a lo largo del film: "Pronto no quedara nadie para contar historias de palmeras en la nieve"