martes, 22 de diciembre de 2015

¡No me tocó la lotería!

Cuando me he despertado hoy, mi primer pensamiento fue para la lotería. En la pantalla de mi móvil apareció cruel un recordatorio de un diario que decía que ya se había sorteado el segundo premio, además de algunos quintos premios.
"¡Qué fastidio! !la gente es rica y yo aquí durmiendo!"-pensé muy egoístamente.
Enseguida escribí a mi novio para preguntarle si le había tocado algo de momento y cuando me contesto que no, pensé:-mejor, los premios pequeños son calderilla, ahora a por el gordo-.
Toda la mañana estuve pendiente de los mensajitos del móvil que saltaban a la pantalla cada quince minutos recordándome que alguien ya era un poco más rico y yo más pobre a su lado.
Durante la comida le pregunté a mi padre como dos o tres veces por su décimo y me contestó que no lo había mirado. ¡Pero que desdén en sus palabras!, ¡que mirada indiferente! ¿¡Y si nos ha tocado y nosotros aquí comiendo tan tranquilos?! Insistí e insistí aunque mi mente me gritaba:-pero a ver, si le hubiera tocado, ¿no crees que lo sabría ya?
Pero yo a lo mío, al dinero, a la avaricia , a llevar el cántaro a la fuente una y mil veces hasta que una frase de mi sabia abuela vino a romper mis avaras cavilaciones:-hija, la lotería ya nos ha tocado-dijo.
Un click en mi cerebro. Una luz en la oscuridad que ilumina mi camino hacia la sensatez. Es cierto.
Lotería es que tu única preocupación al levantarte sea terminar ese dichoso trabajo de nada menos que doce páginas. Lotería es poder disfrutar de tu abuelo otra vez, después de haber estado tan enfermo en el hospital y poder volver a escuchar esas historias que ha repetido mil veces y que te haga preguntas absurdas sobre porcentajes incalculables de la vida. Lotería es que estas navidades no haya una silla vacía en la mesa.
Lotería es que tú madre se enfade porque no sabe que comprar para el día de Navidad y te pregunte y haga como que te escucha, y que luego haga lo que ella quiera.
Lotería es que tengas a alguien esperando al otro lado del teléfono para escucharte y ser escuchado. Lotería es que la gente te escriba en Navidad y ¡ya si te llama ni te cuento! para preguntar por ti, porque quiere decir que te recuerdan, algo bueno habrás hecho.
Lotería es que la chica o el chico del metro que nunca te miraba, un día lo haga y no solo eso, te sonría.
Lotería es tener que decidir si un sábado lo pasaras dando un paseo por el campo o viendo una película en casa.
Lotería es cabrearte con tu jefe e irte a casa enfadado porque sabes que, a pesar de eso, volverás al trabajo mañana.
Lotería es mirar a la persona con la que has pasado años y que tu pecho arda como si lo vieses por primera vez.
Lotería es que un ruido similar a una música discotequera infernal te despierte a mitad de la noche, porque aunque te fastidie, significa que más gente se está divirtiendo.
Lotería es llorar de pasión y no de pena.
Lotería es mirar atrás y darte cuenta que el presente es mucho mejor de lo que habías planeado y que, realmente, a este lado del mundo, la lotería toca mucho más que un solo día.
Lo demás, solo es dinero.

sábado, 19 de diciembre de 2015

PIENSA BIEN... ¿Y ACERTARÁS?

Se acabó el tiempo. Las cartas están echadas y el voto en su papeleta, para los que lo hayan echado por correo. Para el resto, continúa la jornada de reflexión. Porque este día no sólo se limita al día anterior a los comicios, al menos no mentalmente.
El día de reflexión dura hasta que uno hace ese curioso movimiento de muñeca fundamental para hacer honores a la democracia. Gracias a este movimiento de muñeca, que es como un ir y venir de arriba a abajo, la papeleta se introduce en la urna y todo nuestro esfuerzo se reduce a eso, a un suave y mecánico movimiento de muñeca.
Nuestros ahorros, el futuro de los hijos que tenemos y los que tendremos, la sanidad, la educación y el sí o no a la religión. Todo se resume en mover la mano de arriba a abajo, eso sí, sin un solo error. Si no, el sobre se precipita hacia el suelo y, como consecuencia, también nuestra jornada de reflexión, que finaliza en el momento en el que nuestra papeleta se mezcla con el resto, también se precipitaría hacia un vacío existencial de pensamiento.
Y es que ¿realmente sirve de algo eso que llamamos "jornada de reflexión"? ¿Es necesario un día entero para pensar sobre nuestro futuro y decidir, sin errar en ello, en manos de quien lo dejaremos como mínimo los cuatro años siguientes de nuestra vida?
Algunos me contestarían que, a ellos, no les hace falta ni un minuto para pensar que afortunado se lleva su voto. Son estos los que yo llamo "pensadores de bar". Aquellos que son capaces, dándoles el mérito que se merecen, de debatir sobre cuestiones de enorme trascendencia a través del cristal amarillo de la cerveza y, lo más difícil todavía, sin moderador alguno que dirija el debate.
Estos pensadores tienen el voto decidido casi desde que nacieron y será así hasta su muerte. La de ellos, o la del partido, claro. Para estos contertulios espontáneos no hay día de reflexión que valga ni mítines ni charlas. Sus líderes son semidioses que hagan lo que hagan, a sus ojos siempre serán deidades merecedoras de su voto.
Por otro lado, están los indecisos. Estos son aquellos que no definirían precisamente el 20D como la "fiesta de la democracia", sino como un deber. Algunos casi creen seguro  que no ir a votar supone unos días de cárcel. No les mueve la convicción ni se leen los programas de los partidos. Si acaso, votan al candidato más guapo, al más elegante o al que habla mejor. Algunos, raras excepciones, conocen a los candidatos y están comprometidos con la política pero el problema (y no les culpo) es que al ponerse a reflexionar se les mezclan las ideas. Contrato único, IRPF, pensiones, subidas y bajadas y un arco iris con colores inusuales es lo que está pobre gente ve en el hemisferio del cerebro dedicado a la jornada de reflexión (si es que hay una parte de nuestro cerebro que se ocupa de eso)
Por último, están los primerizos. Los pequeños votantes que, la mayoría de las veces, meten en el sobre la papeleta del político de turno que le ha dicho su padre o su madre a cambio de una buena paga. Eso es comprar votos y no lo que dicen de Venezuela.
Por tanto, ¿para qué sirve la jornada de reflexión si nadie reflexiona?
Está claro, para descansar. Para que le descanse la lengua a los políticos (a muchos también las manos de tanto que gesticulan sin venir a cuento) y para que nos descansen los oídos de tanto escuchar los cochecitos cargados de sintonías varias y de eslóganes facilones. Para descansar todos.
Un día entero para reflexionar es por tanto absurdo, o se reflexiona todo el año o nunca, como lo que dicen en las bodas de "calle ahora" y lo que sigue.
Por tanto recuerden, después de no haber reflexionado nada, de haber debatido en el bar, mordernos las uñas con la indecisión y recibir el dinero del soborno de mamá o papá, mañana cojan su papeleta y una vez metida en el sobre, dejen a los miembros de la mesa boquiabiertos con su movimiento de muñeca.
Moraleja: "Errar o acertar no depende de un solo día, y menos cuando se trata de señalar con el dedo a la persona que decidirá lo qué será de ti los años venideros."

sábado, 12 de diciembre de 2015

Estas Galerías... de tontería nada

Debo confesar que hoy he caído en el tremendo y garrafal error de prejuzgar. Hoy, cuando he ido al teatro con mi entrada en la mano pensaba: "seguro que esta obrita de 'Galerías Tonterías' es un rollo". Me refiero a esa clase de puestas en escena que están tan de moda ahora y que consisten en arrancar la risa fácil del público o del telespectador, ya que ahora el humor teatralizado ocupa también una buena parte de las parrillas de la televisión. 
Yo poca veces me rio con esos monólogos o sketches, pocas muy pocas veces.
Me parece un humor tan plano y fácil, tan mundano y casi siempre soez o escatològico, siempre con excepciones, que es difícil que provoque una sonrisa.
Pero bueno, a pesar de todo, hoy me he sentado en la butaca y mirando al telón aún cerrado y... he oído la voz de Josema Yuste.
Él es el off de la obra, es digamos, un megáfono algo especial. 
Empieza la función. Un póster gigante con una fotografía de un gran centro comercial nos sitúa en las Galerías Tonterías. Delante, un hombre trajeado con corbata roja que revela su carácter altanero y avaro, coloca prendas sobre un mueble que reza "rebajas" y se atusa los pocos cabellos que le quedan.
Por un extremo del escenario aparecen tres mujeres con barba vestidas con minifalda que dejan ver unas piernas de gimnasio demasiado masculinas. Las tres empiezan a rebuscar en la sección de rebajas como locas.
Ya está, me digo, el típico sketch de las marujas que se pegan por un trapo a precio de ganga.
Pero no. Después de ese primer sketch, vienen otros muchos que, no yendo más allá de querer usar la temática de las grandes superficies de tiendas para hacer reír, demuestran que detrás de las payasadas hay un equipo muy compenetrado y mucho trabajo con algo de astucia.
Otro de los personajes es el típico encargado de mantenimiento. 
En esta obra todos los personajes son muy arquetípicos pero la diferencia está cuando esos arquetipos hacen algo que nunca los has visto hacer en otros sketch de comedia.
Por eso, el encargado de mantenimiento es muy cachas él, con su melena al viento y su camiseta blanca de tirantes marca-pectorales. Sin embargo, descubres algo nuevo cuando le toca salir a escena para arreglar una gotera del techo. 
El tío, como era de esperar, se trae un cubo de latón y lo deja en el suelo para que recoja el agua ficticia de la gotera. Se oye una segunda gotera y el guaperas se va a por un cubo de fregar. Todo esto mientras hace con la boca o las manos el ruido de la gotera en el cubo de latón y en el de fregar. 
Y aquí se nota la astucia. El chico empieza a moverse con los dos cubos en las manos para poder tapar las goteras del techo y, de repente, lo que era una mera forma de hacer reír con la metáfora de la gotera que aparece y desaparece se convierte en un concierto de latón y plástico. 
El encargado de mantenimiento, con un cubo en cada mano y un dedal para que suene el golpe de la gota cayendo al recipiente, improvisa una canción a lo Mayumaná. 
Una situación surrealista pero que se sale de lo convencional.
Otra escena jocosa es la que se desarrolla en los baños del centro comercial. 
Ese lugar en el que todos somos iguales, independientemente de nuestro puesto en la empresa. Ya seamos jefes o empleados, todos hemos bailado alguna vez ante el espejo, hemos hecho carantoñas y nos hemos querido a nosotros mismos diciéndonos piropos frente al espejo, en un momento de intimidad fingida.
Pues eso es lo que ocurre en los baños de estas Galerías, que no son más que una pared de cartón con un par de lavabos y unas ventanas que simulan unos espejos levemente enfrentados el uno del otro. Pero aún así, unos espejos que reflejan. 
Entra el encargado y, cuando se pone frente al espejo del baño, se puede ver en ambos, aunque con la cara de otro compañero. 
El efecto de reflejo a doble nivel y en diferentes ángulos está verdaderamente bien logrado. Una sincronización que, a pesar de su cuadriculada naturaleza, es uno de los puntos más graciosos e inteligentes de la obra.
En general, 'Galerías Tonterías' es una forma nueva de representar viejos y arraigados estereotipos sobre el mundillo del comercio y presentarlos en una bandeja que reluce entusiasmo, trabajo, dedicación y muchas chispas de ingenio. 
Provocar carcajadas usando los prejuicios de nuestra mente para engañarnos y descubrirnos nuevos comportamientos de personajes muy conocidos.
El puntazo es que, al final de la obra, los actores del grupo Spasmo, que solo son cuatro pero que parecen multiplicarse en el escenario, están esperando en la puerta para despedir casi uno a uno a todos los miembros del público. Y ese trato personal, te hayas reído más o menos, se agradece mucho.


viernes, 4 de diciembre de 2015

Carta sin destino

Perdona que te escriba y más a estas horas, pero algo me ha dicho que nunca duermes. 
Te necesito y lo hago de veras, pues si fuera de otro modo no te molestaría.
Necesito dejar atrás unos cuantos días, más o menos serán cuatro o cinco. Tengo que conseguir, sin borrar lo aprendido ni lo experimentado, borrar todo lo que no me sirva para nada de los días pasados. Todo lo que me ha hecho ser mala persona sin quererlo, solo por la propia naturaleza humana.
Podemos empezar por el cansancio. Es una sensación terrible. Hace que te flaqueen las piernas en el momento más inoportuno y que el párpado tiemble de una forma incontrolable.
Mi cerebro funcionaba muy lento y muy pesado estos días atrás, cuando estaba cansada. No me dejaba concentrarme ni ser yo (y eso es lo más peligroso) en muchos momentos.
Sin embargo ahora, desde la perspectiva del frenesí, no lo veo como algo malo. El cansancio, por raro que parezca, me obligó a despertarme en muchos momentos en estos días así que no, prefiero quedármelo.
El dolor, de este sí que quiero deshacerme. Dolor agudo y frío, helado. De pecho y cabeza. De estómago, de odio y vergüenza, dolor de extrañeza, de rechazo, de mentira y dolor caliente y de un color como verde.
Este dolor sentido y pasado que me llena los ojos de lágrimas o el cuerpo de impotencia tampoco es malo si se piensa bien.
Te hace darte cuenta que, si no sintieras dolor por nada, seríamos siempre planos e inertes. El dolor nos hace avanzar y, de todos los sentimientos, es el único capaz de zarandear el relleno de nuestro interior de una forma fabulosa. En pocas palabras, el dolor nos hace cambiar.
Nervios. Esto sí que no lo necesito para nada. Solo con decirme a mí misma que no debo ponerme nerviosa, hace que mis pulsaciones se aceleren como un coche al arracar. Los nervios te hacen balbucear, equivocarte, no estar seguro de uno mismo, tropezar y caerte y fijarte al suelo como adherido con pegamento.
Sin embargo, en una dosis controlada sin llegar al infarto, los nervios no son malos. Te mantienen alerta y te hacen ser consciente de que lo que tienes entre manos no es una nimiedad.
La tristeza sí que es mala. Es perversa realmente la tristeza. Como una droga incontrolada, este sentimiento desvirtúa la realidad de las cosas, te hunde sin piedad y te remara después, despojándose de lo único que le queda al ser humano cuando no le queda nada: la alegría de seguir vivo. Y por eso es necesaria la tristeza, porque te hace saber que los muertos darían algo si tuvieran por poder sentirla una vez nada más, un instante de tristeza nos recuerda, que seguimos vivos encima de esta masa de tierra.

Perdona de nuevo, perdona que te haya escrito, y más a estas alturas de la noche.
Creí que quería borrar algunos de los sentimientos y sensaciones vividos en una semana dura, pero no, no quiero.
He entendido que nada es gratuito ni ocasional, que todo tiene su sitio en el almacén de los sentidos. 
Sentir es vivir y ahora lo comprendo. Déjalo como estaba y por favor no me quites nada, ningún sentimiento, ninguna emoción, las necesito todas para sentir que sigo aquí. Quiero seguir sufriendo, odiando, llorando y siempre cansada de todo. Hastiada, nerviosa, pretificada, molesta y quejumbrosa. Triste, abatida, recelosa y egoísta. 
Porque si siento todo esto podré distinguir lo bueno que sienta, que será bueno. De otro modo, sería imposible. Porque, fundamentalmente, quiero seguir viviendo sin complicaciones.