Te necesito y lo hago de veras, pues si fuera de otro modo no te molestaría.
Necesito dejar atrás unos cuantos días, más o menos serán cuatro o cinco. Tengo que conseguir, sin borrar lo aprendido ni lo experimentado, borrar todo lo que no me sirva para nada de los días pasados. Todo lo que me ha hecho ser mala persona sin quererlo, solo por la propia naturaleza humana.
Podemos empezar por el cansancio. Es una sensación terrible. Hace que te flaqueen las piernas en el momento más inoportuno y que el párpado tiemble de una forma incontrolable.
Mi cerebro funcionaba muy lento y muy pesado estos días atrás, cuando estaba cansada. No me dejaba concentrarme ni ser yo (y eso es lo más peligroso) en muchos momentos.
Sin embargo ahora, desde la perspectiva del frenesí, no lo veo como algo malo. El cansancio, por raro que parezca, me obligó a despertarme en muchos momentos en estos días así que no, prefiero quedármelo.
El dolor, de este sí que quiero deshacerme. Dolor agudo y frío, helado. De pecho y cabeza. De estómago, de odio y vergüenza, dolor de extrañeza, de rechazo, de mentira y dolor caliente y de un color como verde.
Este dolor sentido y pasado que me llena los ojos de lágrimas o el cuerpo de impotencia tampoco es malo si se piensa bien.
Te hace darte cuenta que, si no sintieras dolor por nada, seríamos siempre planos e inertes. El dolor nos hace avanzar y, de todos los sentimientos, es el único capaz de zarandear el relleno de nuestro interior de una forma fabulosa. En pocas palabras, el dolor nos hace cambiar.
Nervios. Esto sí que no lo necesito para nada. Solo con decirme a mí misma que no debo ponerme nerviosa, hace que mis pulsaciones se aceleren como un coche al arracar. Los nervios te hacen balbucear, equivocarte, no estar seguro de uno mismo, tropezar y caerte y fijarte al suelo como adherido con pegamento.
Sin embargo, en una dosis controlada sin llegar al infarto, los nervios no son malos. Te mantienen alerta y te hacen ser consciente de que lo que tienes entre manos no es una nimiedad.
La tristeza sí que es mala. Es perversa realmente la tristeza. Como una droga incontrolada, este sentimiento desvirtúa la realidad de las cosas, te hunde sin piedad y te remara después, despojándose de lo único que le queda al ser humano cuando no le queda nada: la alegría de seguir vivo. Y por eso es necesaria la tristeza, porque te hace saber que los muertos darían algo si tuvieran por poder sentirla una vez nada más, un instante de tristeza nos recuerda, que seguimos vivos encima de esta masa de tierra.
Perdona de nuevo, perdona que te haya escrito, y más a estas alturas de la noche.
Creí que quería borrar algunos de los sentimientos y sensaciones vividos en una semana dura, pero no, no quiero.
He entendido que nada es gratuito ni ocasional, que todo tiene su sitio en el almacén de los sentidos.
Sentir es vivir y ahora lo comprendo. Déjalo como estaba y por favor no me quites nada, ningún sentimiento, ninguna emoción, las necesito todas para sentir que sigo aquí. Quiero seguir sufriendo, odiando, llorando y siempre cansada de todo. Hastiada, nerviosa, pretificada, molesta y quejumbrosa. Triste, abatida, recelosa y egoísta.
Porque si siento todo esto podré distinguir lo bueno que sienta, que será bueno. De otro modo, sería imposible. Porque, fundamentalmente, quiero seguir viviendo sin complicaciones.
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