El día de reflexión dura hasta que uno hace ese curioso movimiento de muñeca fundamental para hacer honores a la democracia. Gracias a este movimiento de muñeca, que es como un ir y venir de arriba a abajo, la papeleta se introduce en la urna y todo nuestro esfuerzo se reduce a eso, a un suave y mecánico movimiento de muñeca.
Nuestros ahorros, el futuro de los hijos que tenemos y los que tendremos, la sanidad, la educación y el sí o no a la religión. Todo se resume en mover la mano de arriba a abajo, eso sí, sin un solo error. Si no, el sobre se precipita hacia el suelo y, como consecuencia, también nuestra jornada de reflexión, que finaliza en el momento en el que nuestra papeleta se mezcla con el resto, también se precipitaría hacia un vacío existencial de pensamiento.
Y es que ¿realmente sirve de algo eso que llamamos "jornada de reflexión"? ¿Es necesario un día entero para pensar sobre nuestro futuro y decidir, sin errar en ello, en manos de quien lo dejaremos como mínimo los cuatro años siguientes de nuestra vida?
Algunos me contestarían que, a ellos, no les hace falta ni un minuto para pensar que afortunado se lleva su voto. Son estos los que yo llamo "pensadores de bar". Aquellos que son capaces, dándoles el mérito que se merecen, de debatir sobre cuestiones de enorme trascendencia a través del cristal amarillo de la cerveza y, lo más difícil todavía, sin moderador alguno que dirija el debate.
Estos pensadores tienen el voto decidido casi desde que nacieron y será así hasta su muerte. La de ellos, o la del partido, claro. Para estos contertulios espontáneos no hay día de reflexión que valga ni mítines ni charlas. Sus líderes son semidioses que hagan lo que hagan, a sus ojos siempre serán deidades merecedoras de su voto.
Por otro lado, están los indecisos. Estos son aquellos que no definirían precisamente el 20D como la "fiesta de la democracia", sino como un deber. Algunos casi creen seguro que no ir a votar supone unos días de cárcel. No les mueve la convicción ni se leen los programas de los partidos. Si acaso, votan al candidato más guapo, al más elegante o al que habla mejor. Algunos, raras excepciones, conocen a los candidatos y están comprometidos con la política pero el problema (y no les culpo) es que al ponerse a reflexionar se les mezclan las ideas. Contrato único, IRPF, pensiones, subidas y bajadas y un arco iris con colores inusuales es lo que está pobre gente ve en el hemisferio del cerebro dedicado a la jornada de reflexión (si es que hay una parte de nuestro cerebro que se ocupa de eso)
Por último, están los primerizos. Los pequeños votantes que, la mayoría de las veces, meten en el sobre la papeleta del político de turno que le ha dicho su padre o su madre a cambio de una buena paga. Eso es comprar votos y no lo que dicen de Venezuela.
Por tanto, ¿para qué sirve la jornada de reflexión si nadie reflexiona?
Está claro, para descansar. Para que le descanse la lengua a los políticos (a muchos también las manos de tanto que gesticulan sin venir a cuento) y para que nos descansen los oídos de tanto escuchar los cochecitos cargados de sintonías varias y de eslóganes facilones. Para descansar todos.
Un día entero para reflexionar es por tanto absurdo, o se reflexiona todo el año o nunca, como lo que dicen en las bodas de "calle ahora" y lo que sigue.
Por tanto recuerden, después de no haber reflexionado nada, de haber debatido en el bar, mordernos las uñas con la indecisión y recibir el dinero del soborno de mamá o papá, mañana cojan su papeleta y una vez metida en el sobre, dejen a los miembros de la mesa boquiabiertos con su movimiento de muñeca.
Moraleja: "Errar o acertar no depende de un solo día, y menos cuando se trata de señalar con el dedo a la persona que decidirá lo qué será de ti los años venideros."
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